Tres de la tarde de un día cualquiera cerca del Obelisco. Tocó subirse a un taxi con chofer parlanchín. “¿Vio que van a poner un sex shop en el cementerio de la Recoleta?, preguntó el hombre tan informado como pifiador. “¡Mamita!“, bramó antes de empezar a tararear el tango El Títere, que cuenta el destino final de un compadrito al que “un balazo lo paró en Thames y Triunvirato” por lo que “se mudó a un barrio vecino: el de la quinta del ñato”.
Punto uno: es cierto que el gobierno porteño recuperó una bóveda allí y abrió una licitación para convertirla en un comercio, pero no un sex shop, sino un gift shop, para la venta de recuerdos y comida y bebida al paso. Intentamos aclararle el error al chofer, pero no dejó meter ni un bocadillo. No satisfecho con descerrajar el tango entero, soltó una expresión que, de haberlo escuchado Héctor Zimmerman, la hubiera sumado a su libro Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato. “Dale serpentina a un político y te carnavalea la muerte”, dijo. No sé usted, querido lector, pero yo nunca la había escuchado.
Punto dos: tampoco es tan loco el proyecto oficial. Varios cementerios de importantes ciudades del mundo cuentan con tiendas que venden objetos conmemorativos del patrimonio arquitectónico, postales, fotografías y, los más osados, artículos de humor negro y temática mortuoria. Pero no hubo espacio para la explicación.
La necesidad tiene cara de hereje, pensé recordando el refranero para entretener la mente mientras el loro seguía manejando. Era al divino botón tratar de interrumpir a ese músico del Titanic. Solo nos quedaba aguantar la maroma del tachero y hacer de tripas corazón hasta llegar a destino para poner los pies en polvorosa.
¡Al buen callar llaman Sancho!, que siempre es mejor que quemar las naves o quedarse sin la chancha y sin los veinte. No daba la situación para tirar manteca al techo y, menos, para hablar por boca de ganso. Nos hubiera gustado mucho colgarle el sambenito de nuestra frustración aleccionadora, pero al hombre solo le interesaban el pan y el circo.
Tampoco pudimos nunca hacerle pisar el palito. Y, como el calavera no chilla, solo quedó actuarle por izquierda, sin sacar los pies del plato hasta llegar al destino pactado con cara de vivir en la luna de Valencia. Entonces sí, carpe diem, ponerle la mosca encima y ¡eureka!, a ganar la calle.
Si el hombre quiere seguir actuando como convidado de piedra, propalando que habrá un sex shop entre tumbas y sepulturas, que se haga hervir y se tome el caldo. Yo, argentina.
