CARACAS.- Las paredes de La Guaira se convirtieron en una inmensa cartelera de desaparecidos. Allí donde antes había avisos comerciales o propaganda política, hoy cuelgan decenas de hojas A4 protegidas con cinta adhesiva. Hay fotografías carnet, retratos familiares, nombres escritos con marcador negro y números de teléfono para quien pueda aportar una pista. Algunas hojas ya empiezan a despegarse por la humedad del Caribe. Otras fueron pegadas apenas unas horas antes. Ninguna promete una recompensa. Todas buscan exactamente lo mismo: una persona que todavía no apareció.
Once días después del terremoto, la costa de La Guaira sigue inmersa en una rutina que parece no tener descanso. Desde la autopista hasta el mar, los controles militares se suceden cada pocos kilómetros. Soldados revisan vehículos, regulan el ingreso y custodian las zonas más afectadas. Su presencia, sin embargo, también genera malestar entre parte de la población. Muchos venezolanos cuestionaron el papel de las fuerzas de seguridad y sostuvieron que los controles entorpecen el ingreso de ayuda y ralentizan el trabajo de quienes intentan llegar hasta los edificios colapsados.
En los últimos días, además, circularon en redes sociales videos que muestran a militares permaneciendo como espectadores mientras civiles participan de las tareas de búsqueda.
Al acercarse a la costa, aparece la misma postal: edificios abiertos, balcones suspendidos en el aire y montañas de hormigón que todavía esconden duelos sin resolver.
La incertidumbre también alimentó otros temores. Vecinos y voluntarios aseguran que algunas personas aprovechan el caos para ingresar a edificios colapsados en busca de dinero, joyas u otros objetos de valor que quedaron entre los departamentos destruidos. Son relatos que se repiten en distintos barrios y que explican, en parte, la preocupación de muchas familias por permanecer junto a las ruinas de sus viviendas incluso cuando las tareas de rescate se prolongan durante días.
“Ya fui saqueado”Durante toda la jornada, LA NACION recorrió Caraballeda, Caribe y Playa Lido. A medida que avanzan los kilómetros, la dimensión del desastre deja de medirse por la cantidad de edificios caídos. Se mide por la continuidad, porque no cayó simplemente un barrio de torres…Son kilómetros de costa donde el paisaje parece haber sido pulverizado y estrangulado por la furia de la naturaleza.
La emergencia también dejó marcas tristes e “irónicas”. En varios comercios, especialmente supermercados, los propietarios escribieron directamente sobre las persianas o las paredes una frase breve que evita preguntas innecesarias: “Ya fui saqueado”.
Hay hoteles con habitaciones abiertas al vacío. Edificios donde todavía cuelgan cortinas que se mueven con la brisa marina. Hay un sillón que permanece exactamente donde alguien lo dejó minutos antes de que la tierra comenzara a sacudirse el 24 de junio. La intimidad de miles de familias quedó expuesta como si las fachadas hubieran desaparecido de un solo golpe.
La búsqueda tampoco se detiene. El coronel Miguel Ángel Wissinger, jefe del contingente argentino desplegado en Venezuela, explica a LA NACION que la misión cambió de etapa. “En estos momentos estamos en una fase número dos”, cuenta. “Estamos apoyando a todos los equipos mecánicos y a las máquinas viales. Nuestro trabajo es auxiliarlos si encuentran a una persona con vida o un cadáver que haya que entregar a las autoridades venezolanas”.
El contingente argentino, ubicado en Playa Lido, en una cancha de fútbol de pasto sintético que da al mar, reúne aproximadamente 80 integrantes de la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea. También hay médicos, enfermeros, psicólogos y cirujanos. Además preparan raciones especiales para los operadores de la maquinaria pesada. “Hoy, en particular, aparentemente habría vida en uno de los lugares donde estamos trabajando”, dice el coronel.
Las familias esperan y esperan. Esa cautela también refleja un dilema que se repite alrededor de cada edificio colapsado. Entre quienes esperan detrás de las cintas de seguridad conviven dos urgencias distintas. Los familiares que buscan recuperar el cuerpo de un ser querido suelen pedir que las máquinas aceleren el trabajo. Quienes todavía conservan la esperanza de encontrar a alguien con vida prefieren lo contrario: que cada losa se mueva con la mayor delicadeza posible. Saben que una maniobra apresurada puede convertir un rescate en una tragedia irreversible. Días atrás, durante una de las tareas de remoción, una máquina desmembró accidentalmente un cuerpo atrapado entre los escombros.
Esperan madres, hermanos, vecinos y amigos. Esperan frente a las cintas de seguridad o junto a las máquinas. Algunos colaboran retirando escombros. Otros simplemente observan el trabajo de los rescatistas, pero siempre ayudan, cada uno con lo que puede y sabe. Casi todos repiten la misma idea: no piensan irse hasta encontrar a sus familiares.
La respuesta nace de una red más grandeUno de los familiares, Yaneth Pérez, resume ese sentimiento con un reclamo. “Hemos recibido ayuda de rescatistas mexicanos, cubanos y del Salvador. Les hemos tocado la puerta a las autoridades para que nos envíen la maquinaria necesaria, pero solo nos enviaron una y necesitamos más ayuda”, dice.
Buena parte de esa ayuda también circula por canales ajenos al Estado. Luis Palacios, un abogado que dedica su tiempo libre a coordinar donaciones para las iglesias, sostiene que la respuesta nace de una red mucho más amplia. “No podemos seguir entendiendo que el Estado es el único actor”, afirma. “Existen las iglesias, las universidades, los gremios, las academias, la sociedad civil organizada, que convierten las crisis en una acción positiva. En dos días hemos movilizado 35.000 kilos de insumos”, dice. Después agrega una reflexión que también explica el trabajo periodístico en un país donde la información oficial suele escasear: “La información se recoge en la calle, porque el Estado no la tiene o no la hace pública”.
Entre esa red de asistencia también aparece la ayuda argentina. Además del contingente oficial de las Fuerzas Armadas, la organización Solidaire, impulsada por Enrique Piñeyro, montó un puente aéreo para trasladar desde Ezeiza, a bordo de su Boeing 787 Dreamliner, a rescatistas de CEPA, Fenix United y ASOMEVENAR. Desde entonces, el avión realiza vuelos de ida y vuelta a Panamá, donde carga medicamentos, alimentos y otros insumos antes de regresar a Venezuela. Durante el recorrido por la zona afectada, varios voluntarios mencionaron espontáneamente a Piñeyro y agradecieron su apoyo. Aunque muchos habitantes de La Guaira desconocen el origen de esa asistencia, entre quienes participan de la respuesta humanitaria su nombre circula con frecuencia como uno de los impulsores de la ayuda internacional.
Al caer la tarde, las fotos de los desaparecidos siguen pegadas a las paredes. Las excavadoras continúan levantando losas mientras el sol cae. Nadie parece dispuesto a abandonar su lugar.
Antes de despedirse, un venezolano observa el paisaje de edificios abiertos, polvo y grúas. Hace una pausa y me dice: “Lamento que estés conociendo Venezuela en estas circunstancias. Es un hermoso país, pero está vuelto mierda”. No hacía falta agregar nada más.
