El spaghetti western que Sergio Leone filmó en 1968, Érase una vez en el oeste, consiste en la batalla por unas tierras que contienen las únicas fuentes de agua en medio del desierto. La familia McBain, previendo que el ferrocarril pasaría por la zona y demandaría agua para sus locomotoras a vapor, se anticipó a comprar los terrenos. Previsiblemente, un magnate ferroviario se interesa en ellos, pero como la familia se niega a venderlos manda a un sicario a intimidarlos. Al gangster se le va la mano y mata al padre y a los tres hijos. Solo sobrevive la viuda, que persiste en la cruzada. Entonces aparece una suerte de ángel justiciero, encarnado por Charles Bronson, que se muestra magnánimo y espera el momento adecuado para ultimar al pistolero: tenía que vengarse por un episodio sucedido en su niñez, cuando el mismo sicario había asesinado a su hermano mayor. Así, despeja el camino para que la viuda triunfe.
Viktor Orbán, el dirigente que gobernó Hungría entre 1998 y 2002 y luego entre 2010 y 2026, el que asistió a la asunción de Milei en 2023 y le brindó consejos, y al que nuestro presidente apoyó vanamente en el reciente intento de reelección, vio quince veces esta película. Cuando en una entrevista le preguntaron qué lo fascinaba tanto del film respondió: “Al principio todo parece perdido, pero si el héroe además de usar sus puños usa el cerebro, mostrándose magnánimo con el enemigo, puede esperar el momento exacto para atacar y ganar”.
Entre Orbán y Milei hay múltiples simetrías. Una de las más obvias es la pasión por el fútbol, aunque ninguno poseía gran destreza. Orbán jugaba en un club de la liga húngara como centrodelantero y entrenaba cuatro veces a la semana. Milei fue arquero en las inferiores de Chacarita. La familia de Orbán era pobre, allí nadie leía diarios, pero se acomodaron al régimen comunista como la mayoría de los húngaros: su padre tuvo una alta posición en una cantera y en 1982 fue promovido a un puesto importante en Libia. El padre de Milei, que empezó como chofer de la línea 111, montó empresas de colectivos que prosperaron gracias a los subsidios del kirchnerismo.
Otro capítulo que muestra semejanzas es el de las amistades que tenían antes de llegar al poder. Lajos Simicska fue una de las personas más influyentes en la vida de Orbán. Estudiaron abogacía en el Bibó College, compartieron habitación e hicieron juntos el servicio militar. Cuando Orbán ganó las elecciones de 2010, Simicska construyó desde el Estado un imperio mediático con dos diarios, revistas, varios canales de TV, radios y sitios de internet, convirtiéndose en un oligarca del régimen. El otro amigo del alma fue Gábor Fodor, con quien fundó el partido Fidesz. Con ambos, Simicska y Fodor, terminó peleado a muerte. Con Fodor rompió rápidamente, en los 90, con Simicska mucho más tarde, pero con tal ferocidad que llegó a vaciarle el grupo mediático, reemplazarlo por otro oligarca más servil y hacerlo abandonar el rubro. Estas rupturas tormentosas remiten, en el caso de Milei, a su amigo Diego Giacomini, con quien escribió libros en coautoría. Tan estrecha era la relación que uno de sus editores cuenta en sordina que, cuando los buscaba con el auto, él iba manejando solo adelante –como un chofer– y los dos amigos iban en el asiento de atrás mostrándose hallazgos en los teléfonos y abundando en cuchicheos. Pues bien, terminaron peleados y hoy Giacomini es un furibundo enemigo.
Desde el punto de vista político, en su primera etapa (1998/2002) ya Orbán insinuaba aires antrirepublicanos pero tuvo una performance razonable. Funcionarios liberales de aquella primera experiencia como Attila Chikán, que fue ministro de Economía, y Tamás Mellar, que también tuvo cargos importantes, fueron muy críticos a partir de 2014: además de señalar la fuerte deriva autoritaria, objetaban que la reducción del riesgo país se consiguiera destruyendo el sistema educativo, el sistema de salud y las pequeñas y medianas empresas. Con Milei ha sucedido algo parecido. Basta recordar que Domingo Cavallo, Diana Mondino y hasta Mauricio Macri, que originalmente lo apoyaron, comenzaron muy pronto a emitir señales de alarma.
Los une también su odio torrencial hacia la socialdemocracia y hacia cualquier tipo de consenso. Orbán ha sido crítico de Angela Merkel, en especial con su porosidad para recibir migrantes durante la crisis de los refugiados. En el caso de Milei su animadversión por el Partido Demócrata norteamericano, por el P.S. español, por medios como el New York Times, o incluso por Raúl Alfonsín, es muy evidente.
Otro punto de contacto se encuentra en temas relativos a la corrupción y el corporativismo. El segundo gobierno de Orbán estuvo plagado de sospechas sobre su familia y su círculo íntimo. El yerno, István Tiborcz, se hizo millonario instalando las luces LED de la calle en distintas ciudades húngaras. György Matolcsy, presidente del Banco Nacional de Hungría, derivó fondos hacia seis fundaciones privadas. Otro caso fue el del director de cine Andy Vajna, que tuvo un meteórico ascenso con concesiones de casinos, negocios de diamantes y concursos de belleza. También se otorgaron generosos préstamos a funcionarios desde la banca estatal. En la Argentina de Milei bastará mencionar las alquimias patrimoniales de Manuel Adorni, el caso $LIBRA, los sobreprecios en la ANDIS, los desvíos de fondos hacia la Fundación Faro (cuyo presidente es un confeso admirador de Orbán) y también, en espejo, los abundantes préstamos que iban de la banca oficial hacia funcionarios oficiales. Más casta no se consigue.
Hay también una semejanza conjetural: Orbán desplegó el plan neofascista a gran escala recién a partir de 2014, después de su primera reelección continua y bajo el entusiasmo de ciertos logros económicos. El riesgo mayor del proyecto mileísta se proyecta, simétricamente, hacia 2027. Las divisas que empiecen a llover por las exportaciones petroleras y mineras podrían ser, ¡qué paradoja!, el mejor alimento para el autoritarismo. Esta hipótesis contrasta con el optimismo ingenuo de sus acólitos: es muy difícil apoyar un dispositivo de engaño sin engañarse a uno mismo.
Pero también las diferencias esconden matices considerables. La primera es el modelo familiar: Orbán se casó y tiene cinco hijos; Milei, en cambio, vive con sus perros, a los que llama “hijos”. La segunda es que el proceso en el caso argentino es mucho más vertiginoso: lo que en Orbán demandó dos décadas de vaivenes en el caso de Milei explotó en dos años; los tiempos de Orbán son lentos, oceánicos, los de Milei vuelan. La tercera: Orbán es un tradicionalista, en cambio Milei está rumiando modelos novedosos y temerarios, como lo ha demostrado al ofrecer el país como campo de experimentación y zona liberada para la IA, o en su práctica de un sincretismo religioso que apila ritos diversos, hilvanando catolicismo, judaísmo y aventurerismo evangélico. La cuarta: Orbán encontró un escudo protector y a la vez un límite tajante en la Unión Europea; Milei no tiene ni el escudo ni el límite.
Pero la más rica de las divergencias surge de la anécdota inicial de la película. Orbán es un profesional del poder, que sabe cuándo ser magnánimo y cuándo atacar. Lo hace con una plasticidad crustácea, sabe esperar la oportunidad. Ha aprendido de las derrotas quizás más que de los triunfos. Milei, en cambio, es un aficionado, va improvisando, delega cuestiones cruciales en manos inexpertas, “compra” planes económicos llave en mano, un día apuesta por un sector de la casta judicial y al día siguiente por el sector contrario, atropella a destiempo y se empecina en causas apolilladas. Si tan luego Orbán, a pesar del enorme instinto político, tropezó por fin con un gajo de su propio árbol, ¿cómo no vislumbrar que en el futuro de Milei acecha un riesgo análogo? Nombres propios no faltan.
