Tomás Fonzi tenía 15 años cuando fue a un casting para una película. No, no quedó elegido pero, en cambio, lo convocaron para ser parte del elenco de Verano del ’98, en Telefe. Su hermana Dolores ya había dado los primeros pasos en el mundo del espectáculo y a él le daba curiosidad. Desde ese momento no paró de trabajar en televisión, cine y teatro. Actualmente protagoniza uno de los éxitos de la avenida Corrientes: Una Navidad de mierda, en el Teatro Premier, junto a Verónica Llinás, Anita Gutiérrez y Alejo García Pintos. Le gusta llegar temprano al teatro, descansar en su camarín, conversar con sus compañeros y conectar con el escenario. En medio de ese ritual, LA NACION charló con el actor sobre el primer casting al que lo llevó su hermana Dolores y la fascinación que sigue sintiendo cada vez que se sube a un escenario. También habla de su historia de amor con Leticia Lombardi y reflexiona sobre la paternidad.
—Es la tercera temporada de Una Navidad de mierda y uno de los éxitos de la cartelera porteña, ¿cuál es el secreto?
—Estamos muy contentos porque uno siempre sueña con que se den las combinaciones que tiene esta obra y que no se pueden digitar. Tenemos un equipazo, pero además todo tiene que fluir y eso no siempre sucede. Una Navidad de mierda es una comedia disparatada, y a la vez tiene profundidad y sustento dramático. No es una obra de gags, aunque también los tiene.
—Les va bien en un contexto de mucha competencia porque sin ficción, los actores trabajan en teatro o de panelistas o en realities….
—O de conductor de un programa de viajes o de ciencia para niños (risas). Hice cuatro temporadas de Los experimentores, que se estrenó hace un par de años en Paka Paka, y sigue repitiéndose. Fue una experiencia muy linda. Y sigo grabando Código viaje (Telefe); hacemos ocho capítulos en temporada de invierno y otros ocho en temporada de verano, mostrando las posibilidades recreativas de toda la provincia de Buenos Aires. Estoy muy contento, sobre todo de sentirme a la altura de los desafíos. Todavía me entusiasma descubrir nuevas disciplinas y es lo que siempre me llamó más la atención de este laburo: renovar la experiencia todo el tiempo. Lo que, por otro lado, es negativo porque empezás un laburo sabiendo que tiene un final y que no hay nada constante. Es algo que sabe el actor.
—Y de eso algo sabés porque hace más de veinte años que trabajás en el medio. ¿Cómo se dio esa primera vez?
-Hice una prueba para una película que producía Telefe cuando todavía no había terminado la escuela secundaria; estaba en 4º año. A ese casting me había llevado mi hermana, que también era súper joven y recién empezaba. Había hecho un par de ficciones en Canal 9 y me dijo “esto está bueno, vení”. Me acuerdo de haberla acompañado una vez y de haberme fascinado con el detrás de cámara. Con todo lo que no se ve en casa. Recuerdo mucho ese sentimiento de fascinación y de tener el privilegio de ser testigo de eso. El cuento es que no me eligieron para la película, pero se ve que el casting quedó dando vueltas y cuando salió el proyecto de Verano del ’98, me llamaron. Y fue un suceso.
—¿Ahí decidiste que querías ser actor?
—No, se fue dando. A esa edad empezás a tener preferencias, pero no sabés cuál es tu vocación. Por lo menos eso me pasó a mí. En cambio, mi hermana quería ser actriz desde que tenía 5 años. En Verano del ’98 nos iba muy bien y en un momento pensé que debía formarme. Por una cuestión ética (risas). Y en las clases de teatro en la escuela de Raúl Serrano entendí que había algo interesante para mí. Recuerdo claramente la primera muestra de fin de año, mostrando pequeñas escenas. Obviamente estaban los padres, los tíos, los primos y me acuerdo de esa sensación de estar sobre un escenario, que en realidad era una tarima. Sentí una emoción real a partir de una mentira, porque era una propuesta ficcional. Emocionarme por algo que estábamos inventando me pareció increíble, y que encima eso pueda trasladarse a alguien que lo está viendo. Hay algo muy complejo, muy místico, muy inexplicable.
—¿Seguís teniendo esa fascinación tantos años después?
-En el teatro, sin duda alguna, sí. Sea el espectáculo que sea. Sea el número de función que sea. Llevamos más de 200 funciones y todavía la vivo como el primer día. Cada vez que me toca salir y esperar y observar a mis compañeros, lo hago con la misma sonrisa. Además, es una obra muy cómoda y la vara está muy alta, por eso en cada función es un desafío estar a la altura.
—Tu personaje es el de un eterno adolescente, a pesar de que es padre. ¿Observaste a tus hijos o buceaste en tu propia adolescencia para componerlo?
—Un poco el chiste del personaje es que está viviendo con sus padres y se comporta como un eterno adolescente, pero en realidad tiene un hijo y viene de una separación. Volvió a la casa de mamá y papá porque la mujer le echó patadas, y tiene una regresión. Ese es el conflicto. Me gusta apoyarme en el aquí y ahora, más allá de la memoria emotiva. Mi personaje sigue enamorado de esta mujer que lo maltrata y que no lo deja ver a su hijo. Entonces, siendo padre entiendo lo que puede sentir alguien que no tiene acceso a su hijo. La sola idea de la desvinculación entre un padre y un hijo ya me conmueve. Por eso hablo del aquí y ahora, de estar disponible en escena, de que te atraviese lo que pasa.
—Volvamos en el tiempo. Cuando le tomaste el gustito a la actuación, ¿descartaste estudiar otra carrera?
-Nunca llegué a plantearme el hecho de empezar una carrera porque cuando terminé el colegio venía con mucho envión: ya había hecho mis primeras películas, mi primera obra de teatro, y la televisión nunca se cortó. Más allá de que no era algo que yo deseaba que me pasara, sentí un privilegio y entendí que tenía una oportunidad de vivir experiencias humanas particulares.
—De vivir muchas vidas en una…
-Claro. Y soy un agradecido porque siempre viví de esto. Cuando estamos desempleados, los actores decimos que estamos “entre proyectos”. Y yo estuve entre proyectos muy pocas veces. Una de ellas fue en pandemia y hubo que achicar estructuras, pero a todos nos pasó lo mismo. Y a lo largo de los años hice cosas que resultaron ser muy icónicas como Mosca y Smith, Los Roldán, Costumbres argentinas, Botineras, Graduados. En el medio hice cosas que no estuvieron tan buenas, pero sirvieron como experiencia.
—Y si mirás para atrás, ¿te gusta ese camino que hiciste?
—Sí, sí. Hice de todo, en general. Entiendo la búsqueda personal de otras personas, como el prestigio y la destreza total en la actuación, pero yo no soy un actor camaleónico. Sí considero que tengo una sensibilidad particular y la pongo a disposición de lo que haga falta. También hay que ser honesto con uno mismo y con sus propias capacidades. Son cuestiones que uno va entendiendo con los años. Yo construyo a partir de lo que me gusta a mí como espectador y es la honestidad.
—También hacés música, ¿cómo profesional o aficionado?
-Nos hemos presentado una que otra vez, y hay alguna grabación por ahí dando vueltas. En este momento, la banda está en pausa hace como cinco años.
—¿Volviste trabajar con tu hermana?
-No mucho. En Verano del ’98 hicimos de hermanos. Y años después volvimos a trabajar juntos en Soy tu fan, que mi hermana también produjo. Y creo que nunca más. Ahí también se ve la gran diferencia entre un camino como el de mi hermana y el mío, cómo se fueron bifurcando y se definieron muy diferentes artísticamente.
—Como a ella, ¿te interesan la dirección y la producción?
-Me gusta tirar mi punto de vista o dar mi aporte, pero no sé si tengo otra ambición. Con los años ganás experiencia y tenés una visión más clara de cómo te gustan las cosas y, de repente, en algún proyecto tu voz es más escuchada y terminás tomando decisiones, que no está mal. Pero no está en mis pendientes.
—¿Cómo vivís este recorte de la Cultura?
—Es un momento muy delicado. Y no hablo solamente como actor, sino como ciudadano. El arte tiene potencial de emocionar te permite cuestionar un montón de cosas, conectar con la necesidad de estar contento, de sentirse realizado. Y eso puede ser muy incómodo para alguien que quiere dominar una sociedad. Hay algo de esta batalla cultural que tiene un objetivo muy concreto que es dividirnos, aislarnos. Y a mí, personalmente, me parece ridículo porque siento que me están diciendo que el agua no moja. Somos individuos que funcionan en sociedad, como las células de un cuerpo… Y cuando esas células se dividen se llama cáncer. Es clave tener la noción de que somos parte de algo más grande que nos supera como individuos y que para conseguir algo superador en nuestra propia realidad tenemos que funcionar unidos.
-¿Tenés una mirada esperanzadora?
-Uno necesita estar esperanzado porque hay chicos que van a sobrevivirnos. Igualmente, creo que cuando la maldad aflora y reina, no tiene que ver con factores externos. Todos somos miserables también. Todos tenemos una parte egoísta y nefasta y cruel porque es inherente al ser humano. Y creo también que hay movimientos y pensamientos políticos que permiten aflorar ese mal y lo validan. Y a lo mejor tienen razón. A lo mejor yo soy un iluso que trata de pensar que podemos movernos solamente según nuestra parte positiva y virtuosa. Hay que hacernos cargo de que somos complicados como especie.
-Hablemos de amor. Hace veinte años que estás en pareja con Leticia Lombardi, son padres de Violeta (16) y Teo (10) y se casaron hace cuatro años. ¿Cómo nació esta historia?
-No me gusta hablar mucho de esto porque Leticia no tiene nada que ver con el medio; se dedica a zapatería y marroquinería, aunque alguna vez hizo vestuario en el Colón, y también en Pol-ka. Nos conocimos en un boliche, en Club 69 a los 20 años. Fuimos y vinimos un montón de veces, pero de esta última tirada hace 18 años.
-¿Sos un papá que pone límites o le dejás ese tema a ella?
-Soy el papá que puedo (risas). Es un proceso de aprendizaje. Todo lo que proyecté previamente, no pasó (risas). Es maravilloso igual, pero nada de lo que podía haber esperado. Ser padre es el desafío más grande de mi vida porque es el día a día, y lo que uno es se ve reflejado muchísimo en los hijos. Creo que hay muy poco digitable ahí. Y, obviamente, es otra experiencia que te obliga a hacer una introspección y a tratar de mejorar.
-¿Alguno de tus hijos tiene inclinación artística?
-El más chico ahora se anima a decir textos en los actos del colegio y no ser el árbol tres (risas). Para ellos debe ser particular tener un papá y una tía trabajando en el medio. Es una cuestión casera. Mi viejo, en los asados, cantaba “Zamba de mi esperanza”. Era guitarrero de fogón.
-¿Y ahí empezó a interesarte la música?
-Sí, primero fue la música que la actuación. Había en casa una guitarra que era de mi papá y un día cayó en mis manos. Tomé clases y hoy tengo dos o tres guitarras particulares que me gustan: una eléctrica del ‘81, que es mi año de nacimiento, otra del ’73. Las tengo en un sótano y toco cada vez que vuelvo del teatro. Es mi forma de desconectar después de la función.
-¿Qué más te gusta hacer en tus ratos de ocio?
-Jugar al fútbol, aunque ahora me cuido porque tengo función y necesito estar bien. Además, en el escenario hacemos un villancico y yo toco la guitarra. Por eso, antes estaba en el arco y ahora lo dejé. Ahora corro, a puro corazón.
