Marlene Dietrich solía decir que los zapatos adecuados pueden cambiar tu vida. Lo afirmaba con la autoridad de quien entendía que un par de tacones no son sólo cuero y suela, sino carácter, narrativa, presencia. Esa convicción de la actriz alemana es exactamente la filosofía que Sylvie Geronimi lleva más de tres décadas bordando con hilo propio en Buenos Aires: que un diseño no se completa en el taller, sino en la mujer que decide caminarlo.
Hija de un diplomático francés y una madre argentina, Sylvie nació en Malasia, creció entre Singapur y en las afueras de París. Se formó en la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne y pasó por los talleres de Balenciaga antes de que un viaje a Brasil la desviara hacia la Argentina, donde llegó sin planes de quedarse y donde todavía vive, trabaja y elige hacer su sitio en el mundo. Convirtió cada bifurcación en una revelación. Desde su boutique atelier en Palermo se transformó en referente indiscutida del lujo artesanal local y acaba de lanzar una nueva cápsula de su ciclo Mujeres en sus zapatos, con Carla Peterson como protagonista, en una producción inspirada en la Nouvelle Vague que también calzó a la actriz para el Festival de San Sebastián .
Antes de los zapatos, fue el teatro. Antes del cuero, fue el telón. “Desde muy joven, el arte y la actuación me movilizaron y me sumergí en el vibrante mundo del teatro parisino, descubriendo muestras y corrientes que me inspiraban. Fue allí donde encontré mi universo -cuenta Sylvie-. La educación teatral ha tenido una influencia significativa en mi carrera en la moda. La capacidad de contar historias a través de las colecciones y de crear un mundo propio es algo que he desarrollado gracias a ello”. Su padre, Jean, diplomático apasionado por el sudeste asiático y precursor en aquellos mercados, la impulsó a canalizar esa vocación creativa en la alta costura. ”Me propuso estudiar alta costura en la prestigiosa Cámara de la Haute Couture Francesa -recuerda-, allí me formé en alta costura e incorporé mayor técnica. Luego trabajé para grandes diseñadores, hasta que llegué a Argentina y descubrí en los zapatos mi verdadera pasión. Nunca había diseñado calzado. Acepté la propuesta e hice mi primer prototipo en los talleres donde se confeccionaban los uniformes de la Policía Federal. Toda una aventura”.
Llegar por azar, quedarse por convicciónEn la Argentina se encontró con la Bienal de Arte Joven en Buenos Aires y una propuesta casual de diseñar zapatos para la marca francesa Marithé + François Girbaud, que preparaba un desfile local. “Aquí descubrí todo un mundo de posibilidades -relata-, la pasión y la resiliencia. Encontré manos talentosas a quienes formé bajo mi expertise y con quienes comencé a desandar un camino hasta el momento desconocido para mí. Llegué a la Argentina movida por el deseo, me embarqué en esta aventura del diseño de zapatos y logré fusionar la creatividad y el savoir faire francés con el latir argentino”.
Lo que la retuvo definitivamente fue el descubrimiento de que en la Argentina aún existía el oficio en su estado más puro. El taller de la Policía Federal se convirtió en su epifanía. Allí conoció a Natalio Fischetti, maestro artesano, figura tutelar, memoria viva de una tradición que en Europa ya estaba en extinción. En 2003 ganó el L’Escarpin de Cristal en París; en 2004, el Le Lyon d’Or en Lyon. “Para mí, la moda es un lenguaje que permite contar historias -comenta-, evocar emociones y reafirmar identidad. Es un lenguaje que permite expresar mi propio universo. No sigo un libreto o una fórmula establecida, dejo que mi creatividad fluya de manera natural. Un diseño cobra vida cuando una mujer lo interpreta”. Esa frase, que repite como un mantra, no es un eslogan publicitario. Es una convicción filosófica construida a partir de una experiencia concreta: “Me encontré con mujeres calzadas con mis piezas -indica-. No me daba cuenta de que eran mías. Las miraba de arriba a abajo porque las veía elegantes y cada una, con su estilo, usaba mis diseños. A partir de esto empecé a hacer ciclos que llamé Mujeres en sus zapatos, en los que cada una recibe un par y expresa con qué prenda lo usaría, para qué ocasión”.
Sylvie construye sus paletas con una lógica que no obedece a tendencias sino a memoria sensorial. “El color es un elemento clave en mis colecciones, y me gusta jugar con él de manera innovadora y audaz. El trabajo de mi padre me permitió vivir en muchos lugares y tomar algo de cada uno de ellos -asegura-. Todo me inspira. Lo que veo y lo que siento. No me desespera la última tendencia. Soy bastante anti-carta de color, prefiero crear mi propia paleta de colores”. Esa autonomía cromática se sostiene sobre materiales igualmente elegidos con criterio propio. “Las texturas nobles hacen la diferencia, son las venas del lujo artesanal -sigue-. Me inspiran a crear zapatos que sorprendan y deleiten a mujeres que buscan algo único”. El resultado es inevitable: literalmente, en su taller no hay dos pares iguales, a veces ni siquiera en el mismo modelo.
El acto políticoLa elegancia, para Sylvie, es una forma de autoconocimiento. Una clienta que se enamoró de un modelo de punta cuadrada cuando aún era una propuesta arriesgada le dijo algo que la marcó para siempre: que ya sabía que sus gustos eventualmente se convertirían en tendencia, así que dejó de tener miedo de seguirlos. En esa anécdota está comprimida toda su filosofía. “Cada pieza es más que un accesorio de moda -sostiene-; es una herramienta que potencia el talento y la confianza de cada mujer. No concibo el diseño sin confort. Esa es la verdadera elegancia”.
La pregunta por la imperfección la lleva al mismo territorio. “Cuando pienso en ellas me remito a esas cuestiones que no estaban previstas y que al final pueden aportar mucho más -insinúa-. Como diseñadora, he aprendido a no temer a los errores, sino a verlos como oportunidades para crecer y mejorar. Aunque soy hiper perfeccionista, entiendo que la excelencia no se logra sin riesgos y experimentación. En Argentina, descubrí el valor de divertirme en el proceso creativo. Aprendí a dejar que las cosas fluyan. Cuando trabajo con mi equipo, veo cómo esas imperfecciones pueden convertirse en elementos únicos y valiosos, puedo ver la belleza en la espontaneidad. Eso me permite crear con mayor libertad y pasión. Con el tiempo, he aprendido a rescatar lo que funciona y a seguir adelante. La creatividad es un proceso en constante evolución, y cada experiencia me ha enseñado a disfrutar más del desarrollo y a compartirlo con otros”.
Su boutique atelier es, al mismo tiempo, su espacio de trabajo y su declaración de principios. Alcanzarla fue un proceso largo, plagado de obstáculos. Durante 12 años tuvo en Recoleta un local espectacular que la puso en el mapa, pero que no podía albergar la producción. Los talleres de calzado, con sus pegamentos y gases, solo se habilitan en Palermo. Entonces llegó el local que era todo galpón y se transformó en sueño. Desde que se atraviesa la puerta de entrada, llega la experiencia inmersiva: “Los colores y texturas, el olor del cuero, ver el paso a paso del calzado, las manos de los artesanos, el factor humano, todo el proceso creativo -enumera-, vivir la experiencia personalizada, tu propio zapato, hecho para vos. El taller es el corazón de la historia”.
El proceso que allí ocurre cada día sigue una lógica de relojería artesanal: diseño, moldería, cortado, aparado, armado sobre horma, plataforma, suela, taco, pulido, laqueado, empaque. Cada etapa en manos expertas, muchas de ellas formadas por la propia Sylvie. Víctor, el armador actual, es hijo de Celso, el primero que tuvo y que ya falleció. La llamada que recibió de la madre de Víctor, pidiéndole que lo formara, es uno de los recuerdos que más la conmueven. La tradición se transmite así, de padres a hijos, de taller en taller. “Es hora de revalorizar el oficio -sigue-. No solo es una fuente de trabajo, sino también una forma de preservar la cultura. El taller es el sitio donde se encuentra la verdadera esencia de la creación y la innovación. La industrialización puede venir después, pero sin el taller, se pierde la esencia y la humanidad”.
La pregunta por la autoría en tiempos de copia masiva la encuentra igual de firme. “En una época en la que la reproducción y la copia son comunes, yo me enfoco en crear algo único y auténtico -concluye-. Creo que hay algo en la esencia de la creación que no se puede replicar”, dice. No es nostalgia ni elitismo: es la defensa de una forma de hacer que entiende la singularidad como valor intrínseco. Ese que, como decía la Dietrich, te puede cambiar la vida.
