Hace seis años atropelló y mató a un repartidor cuando manejaba borracho y drogado: recién ahora irá preso

Después de larguísimos seis años y de una lucha incansable, Sabrina Mascarello pudo finalmente soltar un suspiro de alivio. Sebastián Gabriel Di Pietro, el conductor que bajo los efectos del alcohol y las drogas terminó con la vida de su hijo, Lucas Peralta Luna, en plena pandemia, fue condenado a cumplir su condena de cuatro años y seis meses de prisión.

Para la querella y los familiares de víctimas de la inseguridad vial se trata de un fallo histórico en un sistema legal en el que, con frecuencia, las muertes al volante se diluyen en penas condicionales.

El camino legal fue sinuoso. En primera instancia, el Tribunal Oral en lo Criminal N°19 condenó a Di Pietro a cinco años y diez meses de prisión. Sin embargo, la Sala III de la Cámara Nacional de Casación redujo la pena a cuatro años y medio. La razón de esta reducción radica en las limitaciones del propio sistema legal: aunque se probó el consumo de sustancias, Casación consideró que no estaba debidamente acreditado el grado de influencia directa que eso tuvo en el siniestro, una interpretación técnica que indignó a la familia.

Natalio Nicodemo, el abogado de la familia, es tajante al calificar la escala penal vigente. “El artículo 84 bis del Código Penal establece una escala de 3 a 6 años de prisión, incluso con múltiples agravantes como el exceso de velocidad y el consumo de alcohol o drogas”, explica a LA NACION.

De todos modos, para Nicodemo este caso es singular porque “no es habitual que una persona condenada por un homicidio vial llegue a cumplir prisión efectiva”.

El abogado subraya que hasta que la condena quedó firme pasaron seis años, recorriendo todas las instancias hasta que la Corte Suprema de Justicia de la Nación rechazó el último recurso de queja de la defensa.

Crimen en pandemia

Para reconstruir esta historia hay que retroceder al 10 de julio de 2020. Buenos Aires era entonces una ciudad apagada por las restricciones de la pandemia del Covid-19. Lucas, de 21 años, estaba entre los pocos autorizados para recorrer las calles; tenía el permiso correspondiente por su “actividad esencial”: trabajaba como repartidor de delivery. Esa noche entregaba su último pedido para regresar a casa con su novia. Circulaba en su moto por la avenida Corrientes, entre las calles Thames y Serrano, en el barrio de Villa Crespo.

Sebastián Gabriel Di Pietro conducía una camioneta Dodge Journey a casi 100 kilómetros por hora, el doble de la velocidad máxima permitida en ese tramo de la avenida. Embistió desde atrás la moto de Lucas. El impacto fue devastador. Los peritajes posteriores confirmarían lo que muchos testigos ya sospechaban al ver el zigzagueo errático del vehículo: Di Pietro tenía 1,9 gramos de alcohol por litro de sangre y rastros de cocaína y marihuana en su organismo.

Sabrina, la madre de Lucas, recuerda con dolor aquellos instantes finales. Lucas no murió en el acto, pero sus posibilidades eran nulas. “La camioneta era bastante grande, lo golpeó todo en el costado y lo hizo desangrar por dentro porque le rompió todos los órganos”, relata a LA NACION.

Mientras el joven agonizaba, solo sobre la calzada, su novia seguía su rastro por el GPS del celular. Fue ella quien, al ver que Lucas no se movía, fue a buscarlo y supo lo ocurrido. Fue ella quien terminó dándole la noticia a Sabrina.

Lo que siguió al entierro fue una odisea judicial que duró seis años. Sabrina se convirtió, por fuerza del espanto, en una activista. Junto a la Asociación Madres del Dolor repartieron folletos en la esquina del siniestro cada vez que el semáforo se ponía en rojo. “Fueron años de lucha. En 2020, pasamos seis meses pidiendo justicia”, recuerda.

¿Quién era “Pou”?

Más allá de los expedientes y las pericias, Lucas era un joven lleno de proyectos que fue reducido a un número de causa por la burocracia judicial. Su madre lo describe como un chico “recontra alegre”, alguien que amaba la vida y soñaba con ser padre. “Me decía: ‘Cuando sea papá te lo voy a dejar a vos y yo me voy a ir a bailar’, y yo le decía que ni loca, que yo ya lo había criado a él”, recuerda Sabrina.

En su infancia, Lucas era “petiso y gordito”, lo que le valió el apodo afectuoso de “Pou”, en referencia a la mascota virtual de esa época. Lejos de molestarse, él se reía de su sobrenombre. Con el tiempo pegó el estirón, se volvió alto y estético —“era de Libra”, dice su mamá— y estaba ahorrando para operarse de la vista y dejar los lentes. El gran dolor de Sabrina es que esa vida, llena de planes simples y luminosos, fue interrumpida por “la irresponsabilidad de alguien que, teniendo también hijos, decidió conducir drogado y borracho”.

El martes 30 de junio de 2026, el tribunal ordenó la captura inmediata de Di Pietro. Al día siguiente, el condenado se presentó junto a su abogado para iniciar su condena. Para Sabrina, la noticia llegó mientras trabajaba. “Me puse a llorar, grité despacito… fue algo raro porque mi corazón me decía que este era el año. Hoy traje facturas para todos mis compañeros, para festejar”, relata.

La condena de cuatro años y seis meses puede parecer exigua frente a la pérdida de una vida, pero en el contexto legal argentino, representa un triunfo significativo contra la impunidad. Sabrina hoy dice sentirse la mujer más feliz del mundo. “No por odio, sino por la paz de saber que ya no tiene que golpear puertas en los tribunales preguntando por un número de expediente”, confiesa.

La lucha de Sabrina y del abogado Nicodemo continúa ahora en el Congreso, donde impulsan un proyecto de ley para elevar las penas en casos con múltiples agravantes, buscando que “el crimen perfecto de matar con un auto”, como lo resume la mamá de Lucas, deje de ser tal cosa.

Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, un cartel con el nombre de Lucas Peralta Luna recuerda que su vida valía demasiado como para terminar en una estadística de tránsito.

“Siempre me quedó dando vueltas en la cabeza qué sintió él al estar ahí solo, sin su mamá o su papá para que le dieran una mano”, confiesa Sabrina hoy, con la voz quebrada por un recuerdo que el tiempo no puede borrar, aunque, a la vez, con el alivio de haber conseguido la ansiada justicia. “Ahora solo estoy esperando saber qué día lo llevarán a la cárcel para ir a la puerta y aplaudir”, agrega.



Fuente: https://www.lanacion.com.ar/seguridad/hace-seis-anos-atropello-y-mato-a-un-repartidor-cuando-manejaba-borracho-y-drogado-recien-ahora-ira-nid03072026/

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